
Madrid, una tarde de otoño, parecía contener el aliento cuando Andrés Barrios comenzó a tocar. En el Café Central —ese templo del jazz madrileño donde aún resuenan los ecos de Paco de Lucía y Chano Domínguez— el público se inclinaba hacia adelante, expectante, mientras sus manos, elegantes y seguras, acariciaban las teclas de su piano. Era una presentación privada para la prensa, pero el ambiente tenía la solemnidad de un rito. En cuestión de segundos, el piano dejó de ser un instrumento: se convirtió en un pulso, en una voz, en un paisaje del alma andaluza traducido en marfil y emoción. Lo conocí aquella noche, en ese íntimo escenario que tanto representa la vida cultural de Madrid. Andrés Barrios —un joven pianista de Utrera— irradia una energía particular: combina la serenidad de quien respeta la tradición con la curiosidad inquieta del que busca nuevas rutas. Habla con la calma de los que escuchan mucho, pero su música es una declaración de libertad: una conversación entre el flamenco y el jazz, entre lo clásico y lo contemporáneo, entre el alma de Andalucía natal y el ritmo del mundo.
Meses después volví a verlo, esta vez en Nueva York, bajo las bóvedas góticas de la Angel Orensanz Foundation, en el Lower East Side. Allí, entre vitrales y piedra, volvió a desplegar su universo sonoro: un flamenco luminoso, sin fronteras, que resonó con la misma profundidad que en su tierra.

Nacido en 1997 en Utrera, a pocos kilómetros de Sevilla, Barrios creció en un entorno donde el flamenco no se estudia: se respira. “El flamenco me transmite el sentir de un pueblo que sufre con amargura”, dijo alguna vez en una entrevista con Expoflamenco.
Para él, el piano no fue una elección casual, sino una extensión natural de ese sentir. “El flamenco es como volver a casa… tiene para mí un olor a hogar,” confesó. Y esa noción de hogar —mezcla de raíz y memoria— se percibe en cada nota que toca. Su carrera despegó en 2018, cuando obtuvo el Premio Filón en el Festival Internacional del Cante de las Minas, el certamen flamenco más prestigioso de España. Fue entonces cuando atrajo la atención del reconocido productor Miguel Ángel Arenas, Capi, el legendario descubridor de figuras míticas de la música española como Paco de Lucía, Mecano, Alejandro Sanz o Alaska, entre otros. Desde entonces, el nombre de Andrés Barrios ha resonado en escenarios de todo el mundo: el Ateneo de Madrid, el Blue Note de Shanghái, el Teatro Gordon de Dubái, Ciutat Flamenco en Barcelona, el Cadogan Hall en Londres o el Festival de Jazz de San Javier, por citar algunos. En todos ellos, Barrios logra algo poco común: convertir el concierto en un diálogo y el virtuosismo en emoción pura. Su talento, su audacia creativa y su forma de reinventar el lenguaje del flamenco al piano han llevado a la prensa española a describirlo como “el Paco de Lucía del piano”.

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Su primer disco, Al Sur del Jazz (2019), reveló una voz nueva dentro de la fusión flamenca, una mirada fresca que tendía puentes entre tradición y contemporaneidad. Pero fue con KM 0 (2021) cuando consolidó su lenguaje musical: un universo donde el compás andaluz dialoga con el jazz y las músicas del mundo. Con este álbum, Barrios ha obtenido una nominación al Latin Grammy 2025 en la categoría de Mejor Álbum de Música Flamenca. “Desde Utrera he descubierto músicas de India, Brasil o Nueva York, y todas esas influencias están en el disco, fusionadas con tangos, bulerías y los palos flamencos”, explica el pianista.
Escuchar KM 0 es emprender un viaje entre continentes: del ritmo afrobrasileño a la improvisación jazzística, del cante a la cadencia. En piezas como Bulerías del desengaño o Taranta, el piano se convierte en narrador; la percusión interna y los silencios construyen un paisaje que, aun siendo cosmopolita, conserva el duende de su tierra. Pero para Barrios, la fusión no es un collage caprichoso. “Trato de que la música que hago tenga un sentido y no sea un puzle de piezas que no encajan bien, sino que haya una cohesión que pueda entenderse, aunque requiera atención para comprender esa fusión.” Su música, como su carácter, es disciplinada y emocional a la vez —un puente entre lo académico y lo visceral. Ha colaborado con la gran diva del Flamenco Estrella Morente y estrellas de la talla de Alejandro Sanz, Manuel Carrasco y Sara Baras se han rendido a sus pies.

El flamenco es como volver a casa… tiene para mi un olor a hogar
– Andrés Barrios

En persona, Andrés Barrios proyecta serenidad. Su mirada es la de quien sabe que la técnica, por sí sola, no basta: hay que tocar desde la emoción. “La clave del éxito de mi música es hacer algo diferente a los demás,” dijo al diario Utrera al Día. Esa diferencia radica en cómo asume su herencia. “Tiene una dimensión de profundidad diferente para mí. He oído a mi abuela cantar fandangos, en cambio no la he escuchado tararear un estándar o un blues,” contaba a Expoflamenco.
Quizá por eso, incluso cuando viaja por otras músicas, su brújula siempre apunta a Andalucía. Hay en su forma de tocar una fidelidad silenciosa a su origen. Cuando interpretó en Nueva York una seguiriya lenta bajo los arcos de la Angel Orensanz Foundation, el eco parecía contener siglos de historia; luego, con una sonrisa, transformó la solemnidad en una rumba juguetona. El público —una mezcla de españoles y neoyorquinos curiosos— respondió de pie, celebrando una música sin pasaporte pero con raíz.
Andres Barrios forma parte de una nueva generación que redefine el flamenco desde el siglo XXI —músicos como Rosalía, Rycardo Moreno o Daniel García Diego, que entienden la tradición como materia viva. Sin embargo, su propuesta se distingue por el equilibrio: nunca cae en el exceso ni en la nostalgia.
“Me siento un privilegiado de poder vivir de la música, que siempre fue mi sueño,” reconoció en Radio Insular. Esa humildad, más que una pose, es la esencia de su arte. En su piano habita una espiritualidad discreta: la del duende que se manifiesta sin artificio, solo con verdad.
Porque Andrés Barrios no “toca” el flamenco. Lo reinterpreta, lo traduce, lo hace respirar en un lenguaje nuevo sin perder su acento. Y tanto en la penumbra íntima del Café Central como bajo las vitrales de la Angel Orensanz Foundation, su música conserva esa cualidad tan rara: la de hacernos sentir, por un instante, que estamos regresando a casa.


